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Rumbo al Cantábrico

20 febrero, 2012

Ni chirigotas, ni reinas adornadas con fastuosos plumajes, ni sambódromos. Ni siquiera elegantes máscaras. No soy del Carnaval. Y, obviamente, admiro y aplaudo a quienes ponen rumbo a Cádiz, Canarias, Brasil o Venecia a vivir esta fiesta como si fuera la última –el caso es vivir–. Pero hay algo en mí que me hace negarme a esa idea de ser “durante unos días lo que no eres” o ser lo que “realmente quieres ser”. Esta humilde bloguera-viajera lleva a gala ser todos los días lo que le da real gana. A cara lavada.

Y a cara lavada y con vaqueros huí del mundanal ruido carnavalero y puse rumbo al Cantábrico, que siempre es un gran refugio. Quizá sean las ganas de nadar contracorriente, de escapar de la multitud. O la sed de silencio. El abrigo de la paz y la calma mecida por el mar bravío. El placer de desentumecer los pies en un agua afilada, de pasear bajo la lluvia. Despojarse de trenes y trompetas, de colores y estridencias; y abrazar el azul y el gris. Y besar el silencio.  O encontrar al mediodía un tímido sol de invierno que acompaña al vino y a los sabores del Norte.

Y después de un fin de semana de cine, la piel que habito brilla descansada y le recuerda al mundo que allá, en la cornisa norte del país que pisamos, hay rincones en los que incluso los malvados hallarían la paz.

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