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¡Queremos un San Valentín viajero!

13 febrero, 2012

Sí, todos somos muy modernitos y muy guays y sabemos que esto de San Valentín es una chorrada. No, no nos gustan los bombones metidos en una caja en forma de corazón, sobre todo si son con leche, que engordan más. No, no queremos que nos llegue un ramo de rosas al trabajo. Y, por supuesto, no, no nos vale que esa noche, en un alarde de buenrollismo romántico sin precedentes, alguien nos haga la cena, consistente, como mucho, en un filete con ensalada (San Valentín cae en martes y el miércoles toca madrugar). No, tampoco queremos que nadie espere de nosotras un desfile de lencería ni una improvisada velada con velas y pétalos en el ombligo. Ni hablar.

Lo único que una mujer quiere tal día como mañana es que Cupido dirija sus flechas este fin de semana a un paraíso cercano donde no haga falta lencería ni rosas porque el amor esté a flor de piel. Se me ocurre un parador cercano, pero que te traslade a otros días, a otros tiempos, quizá a otros siglos. O una casa en la montaña, con chimenea y nieve. Quiero un fin de semana de terciopelo y frío en la cara, de la calidez de un bar, de café tras la ventana, de paseo bajo la lluvia, de pequeña ciudad castellana apenas iluminada y trémula de invierno. Pasear de la mano por rincones desconocidos, por callejas solitarias, por murallas centenarias, por los ríos que inspiraron a poetas. Quiero un fin de semana de descanso, sobremesa y desayuno en la cama, de palacete o antiguo monasterio, de posada del siglo XVI y vino de la tierra.

Y puestos a pedir, quiero que todo esto se haga realidad. Porque es un sueño posible.

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En el baúl de los recuerdos

30 octubre, 2011

Hay quien dice que el otoño es el momento propicio para sentarse junto a la chimenea, abrir una botella de vino y recordar. Yo creo que el otoño es el momento propicio –como todos los demás momentos del año– para viajar.
Así, cuando pasen los años, recordaremos junto a nuestra chimenea que un año vivimos Halloween en Nueva Orleans, que comimos castañas en París, que paseamos por Venecia un 29 de octubre, que tomamos vino caliente en Praga. O mejor aún, que celebramos el Día de los Muertos en México, hasta arriba de tequila. De todo ello, con fotos o no, habrá mil imágenes en nuestra memoria y un montón de emociones en el corazón.

¿O por qué no huir de la lluvia y los atascos, las chimeneas y las nostalgias y esconderse en un cálido paraíso, palmera incluida? ¿Por qué no llenar la vida de algo más que rutinas y malas noticias?

La música, el vino, la lluvia, un café a media tarde son sensaciones gratas. Si además tuviste la suerte de vivirlas en Londres, serán excelentes recuerdos. Y dentro de unos años, cuando nos sentemos junto a nuestros nietos en la chimenea la noche de Halloween, porque sus padres están de viaje, y abramos nuestra caja de fotografías podremos decir que sí, que hemos vivido. También en otoño.