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Volver a Túnez

24 mayo, 2011

Sue en Túnez

De todos los sitios a los que podría dirigir mis pasos este verano, hay destinos que resuenan en mi cabeza (y en mi corazón) con fuerza. Me tienta Siria, me encantaría Jordania, iría con los ojos cerrados a Jerusalén, recorrería Marruecos, me quedaría un mes en El Cairo y volvería, de nuevo, a Túnez.
Quizá sean muchos –con o sin razón– los que desaconsejen visitar estos países (veánse páginas de actualidad internacional), pero hay algo en ellos que resulta atrayente sin remedio.
La entrada de hoy va por y para Túnez, y sus tunecinos, tan amables, risueños, simpáticos y mediterráneos.
Desde aquí y ahora, pido la voz y la palabra para reivindicar la costa tunecina como un verdadero paraíso para pasar las vacaciones de verano. Son muchos los cruceros que recorren la costa y hacen parada en los enclaves emblemáticos del país:
Tabarka. En la costa Norte, muy mediterránea: playas pequeñas, calas de arena fina, agua cristalina, corales y hasta restos romanos. Un pescado de morirse. Vino blanco. ¿Alguien de más?
Jerba: Ubicada en una isla frente  a la costa: sol, arena blanca, ruinas romanas, castillos, fortalezas de piratas, un zoco impresionante y toda la infraestructura hotelera que puedas desear.
Hammamet: Situada en un golfo y orientada hacia Malta. Tiene todo lo que atrae en verano: playa, hoteles, restaurantes… ¡y turistas! Hermosa por definición, el único pero que tiene es que quizá si permaneces en Hammamet te pierdas el Túnez más auténtico, que es el mejor.
Y así podríamos seguir por Sousse, Monastir, Melloula, Berkoukech… Y necesitaríamos todo un verano para descubrilos y/o que yo os lo cuente. Así que abrevio y os hablo de mi triángulo tunecino favorito: Cartago-Sidi Bou Said-La Marsa. Y le sumamos La Goulette, sí, el pueblo de “Un verano en La Goulette”. Y lo sumamos porque todas estas localidades están la una de la otra a cinco minutos en taxi (3 euros) y porque ir de Cartago (donde te alojas, por ejemplo) a cenar a La Goulette (donde está el mejor pescado fresco  que yo haya tomado jamás) y subir a tomar un té a Sidi Bou Said, no es un viaje: es un paseo. Y un placer.
Y porque, además de estar pegadas las unas a las otras, todas están a 20 minutos de la capital, un buen sitio para pasar el día: el museo del Bardo, la mezquita de la Aceituna, el impresionante zoco… Y el mejor cuscús del mundo. Eso sí, atrévete a comerlo en un restaurante tradicional y, por un día, haz el esfuerzo de salir del circuito “oficial”. Prometo que no te arrepentirás.
Poco o nada puedo añadir sobre Cartago: puedes hartarte a ver ruinas romanas, su museo, tiene unas playas preciosas y un magnífico teatro romano donde todas las noches hay música, teatro, ballet… Al ladito, La Marsa, que cuenta, probablemente, con las mejores playas de la zona ¡y los mejores zumos naturales! Y a tres minutos en coche, el paraíso: asentado sobre una pequeña montaña, con el Mediterráneo a los pies, se eleva el pueblo más hermoso que uno pueda imaginar; un entramado de callejas blancas y azules pobladas de gentes que regalan jazmines y sonrisas a partes iguales. Un paraíso de relax y calma.
Recordándolo, sólo tengo un deseo: volver a hollar sus calles empedradas y ver desvanecerse el día en una de sus magníficas terrazas mirando al mar, mientras suenan, evocadores, los ecos del minarete y el aire huele a flor, incienso y sal.