Posts Tagged ‘navidad’

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Toma, mujer, otra copita, que es Navidad

21 diciembre, 2011

Los que me conocéis directamente, y los que me vais conociendo por estas fumadas a las que doy forma juntando letras, sabéis –o deducís– que no me gustan las frases hechas (a no ser que se usen con picardía y doble o triple sentido), los sms que simulan árboles de Navidad, los mensajes en cadena, las felicitaciones en serie, el turrón blando y otras pequeñas tragedias navideñas.

Estos días no soporto no poder dar un paso en el centro, que para comprar leche en el súper tengas que esperar dos horas mientras los de delante pasan carros y carros de comida y comida. No me gustan los Papanoeles de plástico que hay en las puertas de las tiendas. No soporto la decoración hortera, el olor a polvorones. Odio las cenas de siete platos, sobre todo si, cuando vas a sentarte, llevas dos horas tomando aperitivos.

No quiero escuchar  la expresión: “Venga, coge un trozo, que es Navidad. Toma, mujer, otra copita, que es Navidad”.

Y no, no soy una enemiga pública de la Navidad. Más bien lo contrario: si es una época de luz y buen rollo, ¿por qué enturbiarla haciendo lo que no nos gusta?

Sí, todos sabemos que 2011 tiene más cosas para el olvido que para el recuerdo, pero aún estamos a tiempo de hacer que esto cambie. Quedan exactamente 10 días para que termine el año. Y no, no hay que esperar a ver qué pasa mañana en la lotería. Quizá esta tarde sea el momento de pasar a echar un vistazo a las ofertas de última hora y huir de las rutinas que cada año, por estas fechas, se sirven en bandeja en nuestras mesas, camufladas de tradición y azúcar.

Quizá así, como el que no quiere la cosa, con una decisión rápida que suponga un vuelo y tres días de escapada estemos haciendo que, cuando pase el tiempo, y echemos la vista atrás, podamos contar algo bueno de este cabrón llamado 2011. Quién sabe. Quizá allí, en cualquier rincón del mundo, nos espere el regalo que más deseamos esta Navidad: descanso, un paseo, una sonrisa. O la placidez de la distancia, el anonimato, la lejanía.

Feliz Navidad a todos

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Navidad es perderse en otros rincones

13 diciembre, 2011

Para muchos, la mayoría, la Navidad es un cúmulo de emociones: la cuñada a la que no soportas, tu sobrino político dando por saco en la cena, tu suegra diciendo que no fumes, cordero asado, que aborreces, gastarte una pasta en marisco, que ni siquiera te sienta bien, la casa llena de gente, circo con tu hijito y los amiguitos, películas infantiles protagonizadas por perros y familias numerosas, disfraz de Santa Claus, turrón de chocolate y demás delicias engordantes que después suponen dos meses de espárragos, apio y footing para recuperar aquello que se llamaba figura y cuyo nombre empezaste a olvidar el 15 de diciembre para entregarte a la desesperación, la abulia y el polvorón.

Para otros, una selecta minoría en la que convivimos ustedes y nosotros, los que viajáis y los que os animamos a hacerlo, la Navidad es una oportunidad para abrazarse en otros lugares, para pasear bajo la nieve o buscar el sol en un paraíso exótico. Un momento en el que hallar silencio, sin espumillón ni Papanoeles, en el lejano pero próximo Sáhara, durmiendo bajo una cálida manta de estrellas y soledad, sin humos ni coches, sin atascos.

Navidad es buscar otros rincones, emocionarse con otras gentes, escaparse de los grandes almacenes y los colores de moda. Perderse en otros paisajes, amar bajo otros cielos.

Navidad es regalarse un descanso en otra parte del mundo, alejarse de las rutinas, sí, también de las rutinas festivas. Navidad es incluso echar de menos aquello de lo que huimos.

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Huyendo del horterismo navideño

28 noviembre, 2011

Los adornos de Navidad al uso siempre me han parecido una horterada. El espumillón y los minipinos de plástico que se iluminan al ritmo de un villancico popular me producen una urticaria digna de atacar con una buena y dolorosa dosis de Urbasón. Tampoco soporto los artículos de broma ni las diademas con cuernecitos de reno. ¿A qué alma perversa se le ocurrió decir que una persona mayor de siete años puede ponerse esa diadema por muy festiva y/o navideña que sea la cosa?

¿Qué malévola mente inventó los papanoeles que fingen trepar por la terraza o, aún peor, los que ríen en las puertas de los “Todo a cien” mientras menean una campanilla?

¿Cuándo se instaló el horterismo en una celebración tan estética como es la Navidad?

No quiero saberlo, pero soy capaz de identificarlo al vuelo.

Ahora bien, ¿cómo huir de esta invasión de gorritos, matasuegras, cristales decorados con spray y recortables de abetos navideños, lucecitas con forma de uva nocheviejera, barrigas postizas de Santa Claus y otros horrores?

Fácil: pásate por tu agencia de viajes, pregunta por ciudades europeas con mercadillos navideños, donde prime la artesanía, la madera, el vino caliente, el aroma a canela… coge un pellizquito de la paga extra y hazte un regalazo navideño. Porque para disfrutar no hay que esperar a los Reyes.