Posts Tagged ‘Viaje’

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Huyendo del horterismo navideño

28 noviembre, 2011

Los adornos de Navidad al uso siempre me han parecido una horterada. El espumillón y los minipinos de plástico que se iluminan al ritmo de un villancico popular me producen una urticaria digna de atacar con una buena y dolorosa dosis de Urbasón. Tampoco soporto los artículos de broma ni las diademas con cuernecitos de reno. ¿A qué alma perversa se le ocurrió decir que una persona mayor de siete años puede ponerse esa diadema por muy festiva y/o navideña que sea la cosa?

¿Qué malévola mente inventó los papanoeles que fingen trepar por la terraza o, aún peor, los que ríen en las puertas de los “Todo a cien” mientras menean una campanilla?

¿Cuándo se instaló el horterismo en una celebración tan estética como es la Navidad?

No quiero saberlo, pero soy capaz de identificarlo al vuelo.

Ahora bien, ¿cómo huir de esta invasión de gorritos, matasuegras, cristales decorados con spray y recortables de abetos navideños, lucecitas con forma de uva nocheviejera, barrigas postizas de Santa Claus y otros horrores?

Fácil: pásate por tu agencia de viajes, pregunta por ciudades europeas con mercadillos navideños, donde prime la artesanía, la madera, el vino caliente, el aroma a canela… coge un pellizquito de la paga extra y hazte un regalazo navideño. Porque para disfrutar no hay que esperar a los Reyes.

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Una pionera en el arte de viajar

21 noviembre, 2011

Las primeras luces del alba llegaban cargadas de frío y pereza. Los olores tempranos traían el cálido rumor de las chimeneas y el pan recién cocido. Los pasos de los más madrugadores abrían la puerta al día, perfumado de cierzo.

Un ruido metálico inundó la mañana. El viejo tren hacía su entrada a la estación. Fermín, que llevaba años vistiendo sus soledades con el uniforme de empleado de Renfe, la vio descender. Tan coqueta, tan guapa, tan elegante. Con ese gracioso sombrero y su maleta de cartón. “Nunca se fijaría en mí”, pensó. Y siguió a sus quehaceres.

Rosa era un mujer muy avanzada para sus días. Cansada de la aburrida vida de la burguesía de provincias, aquel frío viernes de noviembre de 1951 decidió armarse de valor y hacer lo que parecía prohibido: viajar. Las tardes de costura y vecinas no eran para ella. Quería conocer mundo, ver gente. Descubrir. Soñar.

Su primer destino fue aquella pequeña ciudad; deseaba verla, visitar su catedral y sus museos. Pasear en sus parques. Respirar un aire distinto y nuevo. Estaba emocionada. Era la primera vez que salía de su hogar, y además sin el permiso de sus padres. Era consciente de que se había metido en un buen lío; pero daba igual, no quería perderse la oportunidad de vivir.

Los nervios y los tacones le jugaron la primera mala (aunque afortunada) pasada: no había caminado cinco pasos por el andén cuando cayó de bruces. Fermín corrió a socorrerla. Levantarla él y mirarlo ella fue todo uno. Sentirse y reconocerse llegó sólo dos segundos después.

Él fue su improvisado guía y ella la mujer más dulce con la que él jamás alcanzó a soñar. Hasta que su “improvisada escapada” terminó forzosamente tras ser ella “rescatada” por su padre y su hermano, que andaban buscándola por toda la provincia. Envuelta en lágrimas, Fermín la vio marchar en el mismo tren que la había llevado a él sólo dos días antes.

Poco duró su encierro. Rosa fue rescatada por su príncipe obrero cinco días después. Desheredada y rechazada por su conservadora familia, la joven huyó con su amor y se quedó con él para siempre. Juntos viajaron y conocieron, durmieron, comieron y rieron por geografías que nadie había explorado y que pasaron a conformar el variado paisaje de su día a día.

Y así, querida hija, se conocieron tus abuelos hace sesenta años. Rosa, mi madre, fue una pionera en el arte de viajar; y de ella lo he heredado. Por ella y gracias a ella, hoy tú y yo estamos aquí, en esta estación, esperando un tren que nos llevará a otro sitio y a otra gente. Porque nunca se sabe lo que nos depara la vida, ni el destino elegido para pasar el fin de semana.

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¿Qué habría pasado si…?

10 noviembre, 2011

¿Qué habría pasado si en aquella hermosa película de Clint Eastwood llamada “Los puentes de Madison” Meryl Streep se hubiera bajado del coche para irse con su amante?

¿Y si Escarla O’Hara no hubiera vuelto a Tara? ¿Se habría casado con Rett o habría esperado a que Ashley se quedara viudo?

¿Estarían Meryl Streep y Robert Redford felices en su granja de África si él nunca hubiese subido a esa avioneta?

No podemos saberlo. Y además es ficción. Ficción tan real como la vida misma. Historias de amor, que van y vienen, que avanzan y retroceden. No podemos saber lo que habría pasado pero sí sabemos lo que pasa. Os lo traduzco a efectos prácticos.

No puedo saber lo que va a pasar si reservo un fin de semana en Viena, un viaje para fin de año a Nueva York, tres días en la nieve en el puente de diciembre… No puedo saber lo que va a pasar: quizá me caiga esquiando pero me ayude a levantarme el hombre de mi vida, quizá compre Levis a 20 euros o me enamore en el MOMA, o quizá pasee mis tristezas y soledades sin más compañía por las evocadoras calles vienesas. No lo sé, no puedo saberlo.  Pero sí sé lo que pasa si no lo hago: nada.

Meryl Streep perdió el viaje de su vida al no bajarse de aquel coche y en el resto de sus días no pasó nada. Perded el avión si hace falta –quién sabe lo que nos espera en el aeropuerto–, pero no perdáis la oportunidad de ver el mundo desde otro ángulo, desde otro sitio. No sabemos lo que va a pasar cuando lleguemos al destino elegido. Pero sí sabemos lo que va a pasar si nos quedamos quietos: nada.


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Con mi última conquista

20 octubre, 2011

Dice mi amiga Ana que en otoño se siente fea, que no le sientan bien los tonos oscuros, que le deprime el frío y le agobia que los días sean más cortos. Todo esto, sumado al estrés y las rutinas, provocan que su libido equivalga a cero. Me llama el sábado y me lo cuenta. Y yo, disimulando. Porque, ¿dónde estaba yo? De escapada romántica con mi última conquista, de cuyo nombre no puedo olvidarme, y con quien evité posibles depresiones otoñales compartiendo pan, vino y hotel en una preciosa ciudad europea por cuatro duros, por aquello de la temporada baja. Total, que yo nueva. Y ella, la pobre, lloriqueando y poniéndose fina a buñuelos: “Y encima, Juan, ni me mira”, acierta a balbucear mientras traga otro buñuelo de crema entre lágrimas y quebrantos.

“Pero, hija, cómo te va a mirar –le espeto–. Si no paras de llorar y zampar… Hazme el favor, Ana. Cómprate un vestido, unas buenas medias y vete a ver las ofertas de viaje. Coge una, la que consideres oportuna: por precio, destino o por pálpito. Pero sal de ahí. A ti lo que te pasa es que te niegas a vivir. Te niegas a viajar. Busca emociones, sensaciones nuevas, colores, sabores y aromas. O lo que es lo mismo: sácate un billete”.

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El viaje del otoño

28 septiembre, 2011

Mujer triste con maleta en otoño

Una vez leí que la caída de las hojas es música para la melancolía. Que las pérdidas de amor se lloran más en otoño, que el alma se entrega en octubre a las tristezas con verdadera pasión. Que el frío y el viento son el marco perfecto para el cuadro de las nostalgias, que se pinta de marrón y amarillo, de acompasadas gotas de lluvia tras los cristales.

Un día me contaron que, cuando cae la tarde, a finales de septiembre, el cielo rojizo trae aromas de tiempos perdidos, de risas pasadas, de románticos paseos que ya habitan en el poblado país del olvido. Que los cafés se encaprichan a mostrarse solitarios y decadentes, aunque estén a rebosar de almas que fingen entusiasmo. Que las calles se llenan de silencios y de lágrimas, de pasos abandonados a su suerte, de corazones en busca de amor.

Nunca leí tal cosa ni nadie me contó nada parecido. De hecho, os lo cuento y escribo hoy para deciros, o quizá recordaros, que si os estáis perdiendo el cálido regocijo que proporciona el gris otoño, os entreguéis a él en Praga, Lisboa, París… ¡o Soria! ¿Algo mejor que contemplar esta plácida decadencia compartiendo un café en algún lugar apartado de la oficina y las rutinas? A mí no se me ocurre.

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Diccionario de viajes

27 agosto, 2011

Hacerlamaleta, así escrito, debería ser un verbo admitido por la RAE. Y su definición algo parecido a lo siguiente: dícese de la acción que alimenta el alma y llena el corazón de magia y la mente de sueños. Para más información, ver la definición de “limitacionesdeequipaje”, en la página tal de este diccionario de viajes que en realidad lo es de emociones. Además de todo esto, se recomienda que no falte repelente de mosquitos, que no de moscones, que llegado un punto, el del ocaso, pueden ser hasta agradables; un sombrero, que las insolaciones no favorecen a nadie; ropa cómoda y, por supuesto, algún trapito a la última y con buen escote, el amigo que nunca falla si se da el sugerente momento de la conquista. Oye, quién sabe.
Se recomienda también no hacer la maleta cinco horas antes del vuelo. Más bien, conviene empezar cinco días antes, no tanto por la previsión sino por la proliferación de ilusiones que se esconden entre la bolsa de aseo, el “qué me llevo”, el “esto por si acaso” y “oye, cómo ves tú este vestido para salir a cenar”. O lo que es lo mismo: el latido que se esconde en cada pliegue de la ropa que tan amorosamente doblamos y colocamos; un latido que da vida. Y si de vivir se trata, viajar ayuda. Y mucho.
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Huele a verano, es tiempo de viajar

17 mayo, 2011

Quizá sean los estimulantes primeros rayos de sol, las terrazas, la luz, las flores… pero aquí huele a verano. ¡Y mucho! Y con él… las dudas.

Lo bueno de ser un single de libro es mucho: entro y salgo cuando quiero, todo lo que gano es mío, me compro los vestidos que me da la gana, no soporto a nadie, no aguanto más manías que las propias y hago de mi capa un sayo (cuanto más corto, mejor). Ahora bien: el verano es época de grandes viajes. Y grandes gastos, sobre todo si pillas habitación individual.

No, no es trágico. Al contrario: viajar solo es placentero. Pero es caro.

Sí, existe la opción de irse con un amig@ (perdonad la tontería, es por abreviar y porque igual da ir con chico o chica, si son amigos de verdad y no alguien que quiera meterte mano). Pero también existe el peligro de acabar de tu amig@ hasta la coronilla y volver sin pareja y sin amig@.

También se puede viajar con es@ amig@ y no compartir habitación. Sí, es una opción: acompañada pero sola. La mejor posible, pero la economía no se verá beneficiada. Es más, si vas justica, se puede hasta ver afectada (para mal). En las soledades de cada cual, si uno no quiere bajar a cenar, no baja. Con tu amig@, el tren es otro: el gasto también.

Que qué hacer. Pues no sé. Soy un mar de dudas, eso sí, prefiero navegar en un mar de dudas (y si de paso es real, mejor que mejor) que quedarme en casa y remojarme los pies en la piscina municipal.

Solos, acompañados, con amig@, amante (quién sabe, de aquí a agosto puede pasar casi de todo), hermanos, sobrinos… id mirando las ofertas. Es verano: es tiempo de viajar. De proyectar sueños.